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El placer es mío
Nuestra terapeuta de cabecera, Amaranta
Fincias, se toma un respiro veraniego, pero su
sección permanece. Durante estos meses el
relevo lo tomará su maestro, Carlos Patricio
San Martín, máster en Sexualidad Humana
✒ Carlos Patricio
San Martín
Pedagogo y
terapeuta sexual
"El afecto, contacto positivo del individuo con
su medio, nace desde la más tierna infancia y es
una necesidad imprescindible para crear y cubrir
las lineas eróticas de todo ser humano; es vital
para su equilibrio biológico, psicológico y social,
de forma integrada y global, y en conjunto a
otros aspectos estructurados que se conoce como
«salud».
Contrariamente a lo que nos han enseñado
desde siempre, el afecto está orientado a recibir
y no a dar y se forma en el/la recién nacido/a que
precisa de alguien exterior para que cubra sus necesidades
primarias; que le de aquello que necesita
para sobrevivir, provocándole estados de bienestar
que se traducen en ese sentimiento de
aprobación y bonanza básico para el desarrollo
afectivo.
Cuando manifestamos nuestro afecto estamos,
pues, reseñando un deseo de apropiación de
algo o de alguien que queremos con nosotros/as
y que nos parece positivo y necesario. Para expresar
este afecto, desde lo puramente socio cultural
se utilizan distintos términos dependiendo
de la connotación de lo deseado. Así amar y querer,
que básicamente constituyen procesos similares,
son diferentes en su percepción. Se dice
que no es lo mismo el amor «puro, generoso, desinteresado
y proveniente del
alma», que el querer, «absorbente,
perentorio, posesivo y
más bajo porque se vincula a
cosas materiales». Tampoco se
comprende el término desear
de la misma manera aun cuando
este también implica deseos
de posesión ya que se le entiende
como vinculado a lo puramente
genital y que en su estructura
esta referido a lo físico.
Lo básico del amor, del querer
y del desear, es decir, de
cualquier expresión de carácter
afectivo, es el deseo expreso o
tácito de apropiación de aquello
que se vive en términos de
aceptación positiva, y esto es
así, porque el ser humano, como
toda materia viva, elabora
comportamientos de aproximación
hacia todo lo que viva como positivo y comportamientos
de distanciamiento, hacia lo que
percibe como negativo.
Entendido de esta manera el afecto, que básicamente
siempre es igual y unidireccional desde
lo apetecido hacia la persona que percibe, posee
dos variables que lo identifican: la intensidad y
la intencionalidad.
La intensidad afectiva esta expresada en la
fuerza con que deseamos un objeto para nosotros/
as mismos/as. Esta variable solo se puede
medir de forma subjetiva y personal, en base a
comparaciones con otros afectos y en función a
la sensación de pérdida o temor a perder el objeto
amado. Esta intensidad puede disminuir o
incrementarse en dependencia directa con la forma
de actuar: «Si yo creo las condiciones óptimas,
hago que se sienta cómodo/a conmigo, probablemente
mi objeto de deseo se sentirá tan
bien que me dará muchísimos estímulos positivos
(besos, caricias, regalos, caramelos, relaciones
sexuales, etc...) Pero si yo contrariamente,
discuto, peleo, quiero tener siempre la razón de
todo,... lo que estoy haciendo es crear todas las
condiciones para que mi objeto amado se aleje
de mí». Por esta razón si alguien desea que otra
u otras personas le quieran mas, debe trabajar
para producir felicidad en los otros y hacerse cada
vez mas necesario para ellas, tanto que no deseen
perderle por ningún motivo. La intencionalidad
está vinculada al hecho de que todos los
afectos estan orientados a cubrir alguna necesidad
y responden a la pregunta ¿para qué quiero?
Muchas personas tienen dificultad en definir o
identificar la intencionalidad de sus afectos: esto
se debe esencialmente a que en nuestra cultura
nos enseñan a desarrollar muchas veces afectos
imposibles de conseguir o que no nos interesan
en realidad pero que nosotros/as creemos
que nos son claramente necesarios cuando no
imprescindibles. Por ello estos afectos llegan a
resultar patológicos, condenados al fracaso, ya
que surgen del interés de los/las demás y para
beneficio de ellos/ellas en lugar de ser de provecho
para la propia persona.
El afecto se puede expresar en forma de Emoción,
de Pasión o de Sentimiento, dependiendo
del grado maduracional de la persona al enfrentarse
a su objeto deseado.
El afecto en términos de emoción, o afecto infantil,
corresponde a la globalización o sincretismo
propio de la infancia, ya que es abrasivo, intensísimo,
compulsivo y excluyente, es decir es
tan absoluto que impide realizar de forma consciente
nada que no esté en función del objeto deseado:
se apropia absolutamente de la persona
por lo que en el tiempo es muy breve. En cuanto
a sus perspectivas de futuro presenta dos alternativas:
se acaba, quedando solo a nivel de recuerdo
que puede pervivir un tiempo más o menos
prolongado en la memoria dependiendo de
la intensidad con que se ha vivido, o se transforma
en un afecto «adolescente» expresado en forma
de pasión.
El afecto adolescente, la pasión, es un afecto
menos intenso ya que permite realizar otras actividades
de forma consciente sin extinguirse. El
objeto amado estará presente en la persona que
ama de manera intermitente, a veces de forma
absoluta y total, otras de forma menos abrasiva,
e incluso, en algunos momentos en que la persona
que ama requiere centrar su atención hacia
otras situaciones que le preocupan, el objeto
amado puede hasta desaparecer temporalmente
para retornar una vez cubierta la
necesidad que le alejó de ella. Por
esta razón puede prolongarse algo
más en el tiempo pero no podrá
ser eterna ya que se afirma en una
situación irreal como es el percibir
a la persona amada como algo
casi perfecto o cuyos defectos carecen
absolutamente de importancia.
En relación al futuro de la
pasión podemos observar dos posibilidades:
se agota al comprobarse
los defectos y limitaciones
del objeto amado y no asumirlos
como hasta ese momento: así se extingue
quedando solo en el recuerdo.
La otra posibilidad es aceptar las
limitaciones y defectos del ser amado
convirtiéndolo en un afecto adulto,
en un sentimiento.
El afecto adulto o sentimiento, es
más relajado, más distendido, ya que
acepta y comprende las limitaciones
propias de toda persona entendiendo,
a su vez, que la otra persona también
«acepta y comprende mis propias limitaciones».
Los defectos del otro o de la otra son aceptados
y asumidos igualmente, dando mayor estabilidad
a la relación interpersonal. Por ello el sentimiento,
como afecto adulto, tiene la posibilidad de
una prolongación mayor en el tiempo, dependiendo
esto de la percepción recíproca de una retroalimentación
afectiva entre los/las intervinientes,
es decir, que lo que se da y lo que se recibe
es percibido por ambas personas como algo
equivalente. En estos términos se establece una
relación de coperación y reparto mutuos.
Queremos enfatizar la necesidad de considerar
el afecto como un constructor que quien lo
desee tiene que edificar, «trabajar», cuidar y mimar,
procurando que los objetos de su afecto lo
perciban adecuadamente. En no pocas ocasiones
el objeto amado percibe una especie de desamor
cuando se rutiniza la relación. Por ello entendemos
que, además de cuidar adecuadamente es
preciso incorporar modificaciones, «sorpresas»,
que estimulen permanentemente la relación.
Así, pues, os invito a construir vuestros afectos,
a trabajar para tenerlos."
Fonte:XVI / dominical LA OPINION-EL CORREO
Domingo, 11 de julio de 2010